por Ariel Caravaggio
Entre vástagos y cueritos, un gasista de Puan, filósofo matriculado, describió con lucidez el principio de todos los males argentinos. Oda al overol.
Fito Páez sacó un disco de 25 canciones.
Ramiro Marra se postula para diputado.
En mi ventana caen rayos apocalípticos y fantaseo, después de lo de Bahía Blanca, que si Dios tuviera un plomero sería como Huguito.
A Huguito me lo recomendó Alex, colega periodista y compañero de redacción. “Es plomero y estudia Letras”, me dijo cuando pregunté a viva voz por profesionales confiables que trabajaran en Capital Federal.
Fue suficiente para elegirlo. Me ganó la curiosidad. El plomero de Puan. Filósofo matriculado. Gasista poeta.
Su contacto de WhatsApp había sido agendado Hugito, sin la U que suaviza la consonante: eso lo volvía más misterioso.
En esta entrega de Como el pintor podría haber escrito sobre Novela, el nuevo disco de Fito. Me cuesta la imparcialidad, con Páez. Sacó un disco de 25 (¡veinticinco!) canciones, cortas ellas, que cuentan un relato garcíamarquezco.
Hay un pueblo en Santa Fe. Un circo (¡Beat!) que llega al pueblo. Una universidad de brujos (¿Hogwarts? No, Prix) con una rectora estilo Tronchatoro. Hay dos brujitas traviesas, el desafío de crear el amor perfecto, la jermu de Fito como la Minita, un rockstar de rulos como el joven Fito, un suegro malvado, y personajes que no paran de entrar y salir.
Entre Circo Beat, Magical Mystery Tour y Macondo deambula este ambicioso lanzamiento de nuestro último prócer intacto (física, intelectual, políticamente) de la música nacional.

Nadie puede decirle a Fito Páez que es un vago, ni ladrón, ni marketinero, ni gagá. Es nuestro artista más beatle: nunca deja de cambiar, nunca frena la búsqueda. A veces se va al pasto. El que no hace no se equivoca. Tal vez Novela muerde la banquina. Tal vez no es para estos tiempos.
Dejen Twitter y dedíquenle un vino o un viaje en tren a escucharlo y sacar sus propias conclusiones.
Huguito, el plomero poeta, llega un poco tarde.
No supera el metro cincuenta y pesa 40 kilos (exagero) mojado. Usa el pelo largo, raya al medio y corte Iggy Pop, tirando a colorado. Da la sensación de haberse frotado las mechas entre dos mitades de palta como en esos videos de TikTok que no entiendo si son parodias generación Z, publicidades abominables o abortos neuronales.
Huguito viste sencillo, sostiene su mochila sujetando sobre el pecho una de las tiras con la mano derecha, camina moviendo el torso como un rockero.
Le advierto que el bidet está trabado, inamovible, que ya porteros y machos forzudos intentaron desarmar el vástago pero fue imposible.
Huguito mete un gol.
-Arielito, la paciencia es mi combustible.
Basta de fisuras durmiendo en la calle.
Ramiro Marra dice en su spot que después de mucha reflexión (jajAJJAjajajajjajajajajaj), después de haber sido traicionado por su propio espacio, decidió ser candidato a diputado por la Ciudad de Buenos Aires. Y promete orden, orden, orden.
Repleto de eslóganes vacíos, anuncia (o reclama, no se entiende): “Basta de fisuras durmiendo en la calle”.
Che, Marra. ¿Dónde los vas a poner? ¿Les quemamos los colchones, les metemos los hijitos mocosos en los institutos que fabrican prototipos de ciudadanos violentos, mandamos seis dotaciones de bomberos a manguerear el olor a pis?

Cuidado, el odio es un fósforo impregnado en alcohol. Seis millones de judíos murieron con el aval de votos nacionalistas.
Trabajemos propuestas superadoras, proyectos y acciones sólidas para frenar tarde o temprano a estos tarados siniestros, sinestudio, sincalle, sinamor.
Huguito me cuenta que su Señora lo cagó a pedos, el miércoles posterior a la feroz represión de Bullrich en la marcha de los jubilados. Llegó a Sarmiento (muy cerca de Congreso) para terminar de arreglar el bidet bastante más tarde que la primera vez.
-Imaginate que con esta pinta, soy blanco fácil de la cana -me dijo cuando llegó, y la verdad tenía razón.
Por suerte terminó cerca del mediodía. También afortunadamente, a una semana del ataque al fotógrafo Pablo Grillo no volvieron a reprimir.
Huguito, el plomero poeta, trabaja con esmero y vocación. No le hace falta hablar de caños, empalmes ni llaves para demostrar que sabe. Pero sí parla, si es que le abrís la puerta al diálogo. Y dan ganas de hacerlo, si no para qué uno elige a un plomero filósofo.
Atención, no temáis, gorilas. Hugo es como Drácula: si no se lo invita a pasar, no entra; si no le tirás la lengua, no predica. Que la grieta no los prive de un gran plomero.
-Me hago una pillada -pide permiso, tanguero, Huguito.
Después, pulcro, muestra cómo quedó el bidet. De yapa te revisa el horno, te ajusta con fastix en el vanitory, te piropea el bulo.
-Lindo derpa, Arielito. Moy lindo derpa, te felicito. -agrega, y aclara que su esposa es arqueóloga, que me va a mandar huéspedes del palo cuando tengan que venir a Buenos Aires.
Siempre arrabalero, mirando a los ojos y gesticulando fuerte, entonces, arranca la diatriba, que tal vez inspiró esta entrega, y que dice más o menos así:
Lo que pasa, Arielito, es que todo vale nada. No sé si es culpa de Milei, por más hijo de puta que sea. Yo sé cuándo empezó todo esto.
Yo voy a casa de señoras de Recoleta donde los pibes no tienen pasión por nada, no sienten pasiones. Los hijos de las señoras capaz se anotan en Administración de Empresas o Marketing en la UPA, o en la UAPI, se toman un año sabático y le dicen a papá y mamá que se van a viajar por Australia, se van a Israel o a la Conchinchina, le limpian el culo a los ingleses en un hostel o juntan kiwis.
Mientras, hacen videollamadas con mamá, les cuentan que aprobaron un final, el día que se aburren vuelven.
Yo sé cuándo empezó todo esto, Arielito.
Y después los pibes de la esquina, otro tanto. Nada vale. Todo es la zapatilla nueva, y después otra zapatilla, y el teléfono Iphone y la campera Adidas, el buzo de Messi, el corte del otro, las cadenas de oro y comprarcomprarcomprar.
Yo me crié en Avellaneda. Mi viejo era industrial. Trabajaba en una fábrica de plásticos y acá se hacía todo. Pero todo, Ariel. Se hacían las pelotas, los jeans, los caños de PVC y los electrodomésticos.
Veías a los hombres con overol, a las mujeres escribiendo a máquina, Avellaneda, Lanús y San Martín estaban rebalsados de fábricas. Pero vinieron los milicos y ahí empezó todo esto. Ni Menem ni Macri ni Milei, ellos van por la revancha nomás. Pero todo empezó ahí.
Se fueron cerrando las fábricas, y acá empezó a entrar Wrangler y Levi’s y las máquinas de afuera y las piezas para arreglar las máquinas y también los gerentes de las empresas, todo de afuera.
Y por cada veinte tipos con overol, botas y guantes que iban a las fábricas quedó uno solo de traje gris, que se iba a Capital en auto y tomaba café y rosqueaba, compraba dólares, timbeaba y especulaba con la guita que a mi viejo le empezó a faltar.
Ahí empezó todo, Arielito. No solamente aniquilaron a una generación o secuestraron bebés. Vinieron a hacer su negocio. Ahí empezó todo, y yo estoy cansado, pero no les voy a dar el gusto.
La verdad completa la tiene mi plomero poeta.