Como el pintor

Olor a pis

21 03 25
Caravaggio

Tengo una teoría: el olfato es una máquina del tiempo. En la misión de cambiar asco por belleza, los invito a esnifar garrapiñadas y hacer snorkel en la sopa de la abuela.

Por Ariel Caravaggio

Tiene razón Larreta. En el Centro hay olor a pis.

Encaro una difícil misión, en esta entrega: transformar el asco imaginario de la orina humana en belleza. Así es Como el pintor.

En el Centro, dice Larreta, hay olor a pis. Los del Conurbano le decimos el Centro a la Capital Federal. No a Caballito, donde está geográficamente ubicado el sitio exacto en el que se cruzarían dos diagonales imaginarias si encerráramos al mapa porteño en un cuadrado. Ahí, en la calle Avellaneda al 1023, clavaríamos el compás del centro de CABA.

Por lo menos mi generación se crió escuchando a los mayores estresados cuando había que v i a j a r a l C e n t r o.

En esos tempranos viajes al increíble Obelisco, a la sorprendente peatonal Lavalle, a las vacas de La Rural, no recuerdo el olor a pis que ahora denuncia el pelado reptiliano para pegarle al Macri morocho. Pero sí muchos, muchísimos otros olores.

Yo tengo una teoría. Las canciones y los aromas son los únicos inventos capaces de hacernos viajar en el tiempo.

Horacio Rodríguez Larreta
Horacio Rodríguez Larreta volvió a la agenda política en Capital Federal con una frase: «Hay olor a pis».

Uno escucha el solo épico de Seminare y vuelve a sentir en el alma la idéntica sensación de plenitud de un Quilmes Rock guardado en el cofre del tesoro. Cerrás los ojos con el valsecito Desde el alma y estás en brazos de tu abuela. McCartney advierte que la Life is very short / and there’s no ti-i-i-i-ime / for fussing and fighting, amigo, y se te frunce el diafragma.

Con el olor es igual.

Como en las canciones, el otro día entré a un edificio y saboreé el aire del ascensor del hotel Bosnia.

Primero no lo identifiqué. Pero cayó del cielorraso como una paloma muerta.

La recepción del edificio, contemporáneo, con molinetes inteligentes y lector de pupilas, olía al ascensor del Bosnia, esa hostería antigua y ruinosa que mi vieja elegía año tras año para volver a Mar del Plata.

Y lo convencía a mi viejo, y me convencía a mí, y convencía al decrépito Renault Megane gris de llegar juntos, verano tras verano, a aquella crujiente pocilga donde el Gallego ya no era el dueño original, sino su hijo; las medialunas fueron dejando de estar tibias en el desayuno y las escaleras se volvieron escalofriantes.

Pero eso sí: el olor, ese perfume que no era humedad ni generaba rechazo, se sostenía en el tiempo. Estaba impregnado en el empapelado de la habitación 136 (Nacional y Provincia), en el hielo del whisky que mi viejo pedía algunas noches después de caminar por la peatonal con nosotros, en la voz rasposa del Gallego.

El olor al hotel Bosnia estaba en ese edificio de Buenos Aires al que entré hace unos días, y también en un rinconcito de mi memoria emocional, si existe tal cosa.

Mis padres me contaban, no sin exagerar, que habían ido de manera consecutiva todos los años desde la primera vez, cuando Mirta estaba embarazada de Arielito, y que habían visto en la TV del lobby la primera edición de Videomatch, acaso Ritmo de la Noche.

Los bucles estaban de moda, Maradona jugaba en el Napoli y Tinelli no comía alfajores en cámara.

Uno no recuerda cuáles perfumes alberga en el corazón hasta que aparecen. Uno busca lleno de esperanzas el camino que los sueños prometieron a sus ansias, pero no se imagina que la naftalina sabe al cuarto del abuelo italiano, que el pasto recién cortado devuelve la niñez, que la lluvia, ¡la lluvia! es deliciosa hasta que faltan instantes para que se largue la tormenta.

Quién no descubrió en el 152 la fragancia de una ex y suspiró.

Cómo no asociar el protector solar con los churros en la playa (pero ¡insólito! no a la inversa).

Qué ganas de pecar cuando el humito tras la medianera trae reminiscencias de la tira de asado que recién entra a trabajo de parto.

Mandarina, levadura, madera, garrapiñadas, café.

El tuco de la abuela, un libro nuevo, gatitos bebés.

Yo sé que me obsesiono con algunas cosas, pero es como dije a fin de 2024. Hay cosas que la inteligencia artificial podrá imitar, pero jamás igualar.

Les dejo tarea: huelan con detenimiento.

Olfateen los frascos de especias de sus cocinas, hagan snorkel en el caldo del puchero, esnifen las ollas de guisos otoñales, detengan el beso en el cuello de la mujer o el hombre que aman.

No lo van a encontrar en Twitter, no lo percibe el algoritmo ni lo inhiben los radares censores de Bullrich.

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