Como el pintor

Estupidez artificial

14 03 25
Ganso mira TV

La culpa no es del ganso sino del que entra al corral.

por Ariel Caravaggio

Es difícil. Yo sé que es difícil. Pero a ver si podemos seguir por acá, a Marco Aurelio:

Apenas amanezca, hazte en tu interior esta cuenta: hoy tropezaré con algún entremetido, con algún ingrato, con algún insolente, con un doloso, un envidioso, un egoísta. Todos estos vicios les sobrevinieron por ignorancia del bien y del mal.

Desde hace algunas semanas ando enfrascado con algunas literaturas.

Por un lado, Manuel Dorrego y su historia. El primer golpe de estado, el primer magnicidio, el despertar de la grieta inaugural (federales y unitarios), el librazo de Gabriel Di Meglio sobre su popularidad, el mote de Padre de los Pobres, su gobierno y el fusilamiento (¡Lavalle, basura, vos sos la dictadura!).

Por el otro, las Meditaciones de Marco Aurelio, apuntes del más justo de los emperadores, que se convertirían en una especie de Biblia del estoicismo. Hace poquito fue el aniversario de la muerte de mi amigo y prócer del Conurbano, Germán Rivero.

Él estaba obsesionado con los filósofos estoicos y, buscando un regalo literario para el cumpleaños de otro gran amigo, encontré una edición para chuparse los dedos del libro más famoso de Marco Aurelio Antonino Augusto.

No puedo tampoco enojarme contra mi pariente ni aborrecerle, que hemos sido creados para ayudarnos mutuamente, como lo hacen los pies, las manos, los párpados, las dos órdenes de dientes, el superior y el inferior. Obrar, pues, como adversarios los unos de los otros es ir contra la naturaleza: y es tratar a alguien de adversario el hecho de indignarse o apartarse de él.

La verdadera filosofía muy interesante.

Marco Aurelio
Emperador romano Marco Aurelio, según la estatua ecuestre que se encuentra en los Museos Capitolinos de Roma.

Mi algoritmo está inundado de viejitos que hace no un ratito, sino años, van los miércoles al Congreso porque no llegan a fin de mes. Pero ahora de verdad: no pueden comprarse el Enalapril, no llegan al pan de salvado preferido de mi abuela, son tan casta que empiezan a privarse del Salbutamol que antes costeaban con sus jubilaciones obscenas.

Sin embargo, todavía hay esceptisismo, rechazo, incredulidad frente a su pedido desesperado. Nuestros más queridos familiares -los míos, tus amigos, una tía que ayudó a Bahía Blanca- se comen el verso.

La crisis causó dos nuevas muertes.

Barrabravas, militantes, golpe de Estado.

Hijos de buen vecino pronuncian gansadas que ni los más inocentes infantes tragarían al ver a una señora de 80 y pico recibiendo un palazo en la jeta.

Atónito, busco señales en Marco Aurelio, sólido, docente:

No puedo tampoco enojarme contra mi pariente ni aborrecerle, que hemos sido creados para ayudarnos mutuamente, como lo hacen los pies, las manos, los párpados.

Mientras se escribe este newsletter un fotógrafo militante -que podría ser cualquiera de mis colegas, los chicos, alguno de mis amigos- puede estar muriéndose.

¿Qué clase de estupidez artificial nos metió en un rincón del cerebro que todo es blanco o negro?

¿De verdad, en serio, creen que todos y cada uno de los presentes en el Congreso el miércoles son kamikazes anarquistas, guerrilleros preparados para matar?

¿Sabrá Doña Florinda que French y Berutti integraban Los Chisperos, una organización que llevaba armas a la actual Plaza de Mayo mientras el Cabildo debatía la Revolución en 1810?

¿Somos los peronistas la peste?

Estoy seguro de que mi tío Eduardo no es mi enemigo. Que no me enfrentaría, en una guerra civil. Tampoco le dispararía a ningún menor de edad ni muchísimo menos fajaría a una abuela, si pudiera hacerlo.

Pero el odio y la mentira son dos drogas adictivas y entumecedoras. Hacer la vista gorda, inventar hidras de mil cabezas donde hay abuelos y jóvenes enojados para justificar la extinción del adversario ideológico, es demasiado triste.

No estamos tan lejos de los errores que como sociedad nos llevaron, por ejemplo, a la guerra de Malvinas, al exterminio de una generación patriota e inteligente. Les conviene, a los malos, que nos peleemos entre nosotros, que el tío se coma la curva y piense que todo lo que en la vida no sea agachar la cabeza, trabajar y ponerle el lomo al látigo, es indecente.

Hoy no encuentro metáfora esperanzadora para cerrar. La semana que viene vuelvo a contarles de berenjenas en escabeche, cerrajeros de barrio y sueños de mundos en los que los buenos no mueren.

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